Como mi árbol

Hace algún tiempo, una amiga me regalo un arbolito que yo plante frente a la ventana de mi dormitorio, imaginaba que cuando creciera podría ver, recostada en mi cama, sus hojas verdes y sus flores lilas, como las estoy viendo ahora, visitado además por abejorros, mariposas y algún colibrí que llega agitando sus alas verdes brillosas.
Para llegar a florecer mi árbol pasó por muchos momentos, primero fue desarraigado del lugar donde había nacido, plantado en un nuevo lugar, los primeros tiempos fueron inciertos, se  marchitó, se le cayeron las hojas, necesito llevar su energía a la raíz para fortalecerse.  Quizás transitó momentos de dudas, sobre si dejarse morir o luchar. Finalmente lo logro, se convirtió en un árbol magnífico.
No puedo dejar de pensar que es igual el proceso que hacemos en bioenergética, primero tenemos que salir del lugar conocido que, aunque miserable es ¿lo seguro?, somos movidos solo por la ¿ilusión de florecer? Pasamos por la incertidumbre de pensar si no era mejor seguir en la ¿desdicha conocida? (nos marchitamos), reeditamos el dolor, tenemos que dejar ir viejas estructuras (perdemos nuestras hojas). Sin embargo, la bioenergética nos permite generar esa raíz, el soporte interno que necesitamos para atravesar las viejas defensas. Nos permite ir profundo hacia adentro sanando desde la raíz, aprendemos a ser nuestro propio sostén y desde ahí podemos dejar que nuestro verdadero ser se manifieste. Florecemos.
Si, se necesita mucho coraje, pero es nuestro impulso de vida, es nuestra "chispa divina" que nos impulsa, esa chispa que está presente en todos nosotros, en algunos más dormida y en otros más emergente pero la búsqueda del placer de sentirnos plenos (espléndidos) es nuestra naturaleza.

Lila Ramírez

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